Discriminación sobrevenida








Ella era víctima de violencia d género y no lo sabía. Cada vez que dejábamos los niños en el colegio a las tres de la tarde después de comer, le invitaba a un café. Su respuesta rechinaba en mis oídos " tengo que poner la comida a mi marido que viene de trabajar" cuántas veces pensé: ¿no puede calentarla él y comer?. Pero creía, como en cada relación, era una cosa asumida por los miembros de la pareja. Conocedora de sus capacidades un día me atreví a preguntarle del  por qué no trabajaba. Su contestación me dejó ojiplática: "porque tengo que cuidar a mis hijos y a mi familia, mi marido que tiene más opciones, trae el dinero a casa" me di cuenta de la discriminación interiorizada de sus palabras, llegando a poner en duda mis convicciones. Me llegue a preguntar: ¿acaso no tenía que hacer yo lo mismo...?  En mi casa mi madre, que no trabajaba, había cuidado de sus cinco hijos y nos había educado con fuertes valores. 

Se desplazaron por motivos de trabajo y yo por supuesto no perdí el contacto con ella. Poco a poco, aún por teléfono, me fue contando el calvario que estaba pasando lejos de Palma, dando pie, también, a contar lo que durante tantos años de relación había pasado, del acoso discriminatorio que había sido víctima. Frases como "es que como mujer no vales para nada" las tenía fuertemente aprendidas. Hasta que un día dio el paso y interpuso una denuncia. Recuerdo su llamada " ¿crees que soy víctima de violencia de género?, Vengo de la policía y después de hablar con una psicóloga y un asistente social, me están diciendo que no tienen ninguna duda". 

Sin entrar más en esa situación (abogados, juzgados...) fui testigo de su regreso. Con las manos vacías y dos hijos tenia que empezar de cero. Si una tortura fue su relación no difería mucho de su nuevo comienzo. Además de sufrir el tedioso camino de la justicia se unía el hecho, de buscar empleo y vivienda para su desmembrada familia. Sufriría una discriminación múltiple, laboral, social ( vivienda), por su condición de mujer, sin experiencia laboral y garante de sus dos hijos.

En cada entrevista laboral era obligada la siguiente pregunta: ¿Tiene usted cargas familiares?. Siempre me había molestado esa expresión. Para mi, mi familia no es una carga. Pero así como para optar al mismo puesto la respuesta masculina afirmativa era un punto a favor ( se ve al hombre más asentado y capaz de asumir responsabilidades) contestar afirmativamente en caso de ser mujer separada, era reflejo de que si tu hijo se ponía enfermo tendrías que atenderlo y por consiguiente se produciría absentismo laboral. Claramente es una discriminación directa y oculta, a igual situación familiar en un caso se ve positivamente y en el otro es desfavorable. 

Ella no tenía fuerzas, se sentía devastada y sin confianza en sí misma, toda se la había llevado su marido, dejando más puntos en el haber que en el debe. Pero, no sin muchos nos, llegó un sí, ya tenía trabajo, y salía de la exclusión sociolaboral que se veía inmersa.

Fui testigo de todo ello el día que la acompañé a ver una vivienda que a todas luces encajaba perfectamente en sus aspiraciones tanto  económicas como de situación y comodidad para ella y sus hijos.
 
Una vez visitado el piso y con la documentación requerida ( nómina, contrato, DNI...) Venía lo más fácil pagar la fianza y firmar el contrato. El propietario le realizó unas preguntas personales que, a mi juicio no venían a cuento, pero que ella fácilmente contestó. ¿Estas casada? No- fue su contestación- separada. La actitud del propietario dio un giro de 180 grados, que solo yo, al parecer percibí. Los niños discutían por cual iba a ser su habitación, mientras tanto. 

La reflexión del propietario no tiene nombre, en presencia de sus hijos le dijo" no te alquilo el piso, no te veo capaz de con tu situación, tú sola, con dos niños hacerte cargo religiosamente de pagarme el alquiler cada mes". La cuantía del alquiler eran 600 euros, ella cobraba 2.000. Había estado como mera espectadora de lo sucedido pero esas palabras me hicieron saltar como un resorte. Tras hacerle saber de su insolencia,  agarré del brazo a mi amiga y salimos del piso. ¿Cómo ella iba a arriesgarse a no pagar el piso y verse en la calle con sus hijos sin un techo?. 

Gracias a Dios y a su perseverancia, hoy en día ha completado su formación de técnico sanitario, tiene una vivienda y un trabajo. Y lo más importante hoy tiene el suficiente arrojo para ayudar a mujeres que como ella, son víctimas de violencia de género. Ha creado una asociación, que no solo se ocupa de asesoramiento de la situación jurídica y psicología de las víctimas y sus familias, sino también de ayuda a la búsqueda de empleo y vivienda, tan difícil, basado en prejuicios, ella sabedora, ya que lo vivió en sus propias carnes. 

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